*El corazón arrancado del pecho del Obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, yace en el interior del ex Convento de Santa Mónica de la Ciudad de Puebla, “donde estuvo, cuando vivía” en el Siglo XVII
Jaime Carrera
Puebla, Pue.- Las puertas del ex Convento de Santa Mónica se abren pesadas, como si se resistieran a soltar lo que resguardan.
Hay algo -tal vez el silencio- que avisa que lo que está por verse no es solo una exposición, sino una declaración del tiempo.
Después de recorrer un camino de arte sacro y documentos que dan cuenta de la vida monástica femenina, algo detiene el paso. Una pieza única. Silenciosa.
En un nicho, situado en el muro frontal del acceso al coro alto, reposa un corazón. Literalmente.
Encerrado en un ostensorio de metal sobredorado, el corazón del obispo Manuel Fernández de Santa Cruz parece más símbolo que órgano, más presencia que resto. Y, sin embargo, ahí está: tangible, contenido, intacto en su misterio.
A un lado, una carta:
“Hijas mías, mando en mi testamento que se saque mi corazón y se entierre en vuestro coro y con vosotras, para que esté muerto donde estuvo, cuando vivía…”. La firmó el propio obispo el 20 de junio de 1694.
Más que petición, sonaba a promesa. Como si su corazón no pudiera tener descanso eterno si no era acompañado por las religiosas que, en vida, había guiado.
Fernández de Santa Cruz fue titular de la diócesis de Puebla entre 1677 y 1699, y un benefactor piadoso, figura clave en la vida intelectual del virreinato.
Pero no solo eso: desde su llegada enfocó su atención a la ornamentación de la Catedral de Puebla y concluyó obras que se mantienen como expresiones claras del barroco en la región: la Capilla del Rosario, el templo de Santa María Tonantzintla y el de San Francisco Acatepec.
Hoy, los muros del ex Convento de Santa Mónica guardan muchas historias, incluidas las del obispo Fernández. Caminar por sus pasillos es recorrer un tiempo detenido, donde cada elemento sostiene la devoción, el afecto, la voluntad de seguir presentes.
Caminar en Santa Mónica es deambular en un lugar donde la devoción de un obispo tuvo la forma más humana de la permanencia: la entrega del propio corazón.
Y así, en medio del siglo XXI, un corazón del XVII sigue latiendo.
No por pulso, sino por memoria.




